Hay ofendidos de todo por la apertura del museo. Desde los que se ofendieron porque no fueron invitados a la ceremonia hasta los que se ofenden porque Octavio Ocampo respira todavía. Mexicanos al fin.

Hace tiempo que no nos leíamos, querido lector. Desde que Jorge Montes estaba vivo, creo, pero no hablaremos aquí de él porque seguimos siendo ecológicos.

El chiste es que buena parte de la plástica celayense está molesta por varias situaciones, entre ellas, que el museo lleve el nombre de O. O. y no el de cada uno de ellos.

La realidad es una es inapelable. Le arda a quien le arda, las y los celayenses sienten orgullo por Octavio Ocampo. Hablan de él en la sobremesa, tienen una reproducción de bajo costo de alguna pintura suya en la sala –las venden en cada paradero de las carreteras de este país desde 50 pesos-, cuando salen del estado y ven una similar la identifican –porque sea como fuere, es de esos pocos artistas que tienen un discurso pictórico reconocible, independientemente de su calidad como discurso-, cuando viene la familia de fuera los llevan a ver los murales a la Presidencia… O. O. está metido en el imaginario popular celayense. Y no hay otro pintor que haya logrado eso. Si eso no te hace merecer un museo en el lugar donde naciste, no sé qué lo puede lograr.

Parte de la plástica celayense, protestando por el nombre del museo.

¿Qué su discurso pictórico raya en lugares comunes? ¿Que él no inventó lo “metamórfico”? ¿Que pinta a modo, bajo pedido? ¿Que ya no vive aquí y pierde por ello su etnocéntrico derecho a ser llamado celayense? ¿Que tiene un ego enorme, que vende caro? ¿Qué hay mejores pintores en Celaya? ¿Que cae gordo? Todo eso es cierto, por supuesto, soy el primero en aceptarlo. Pero nada de eso anula lo descrito arriba. Como tampoco anula el hecho de que su obra está en lugares importantes del mundo.

Dejando el chile con el rabo de lado, hay que dejar de ver el árbol y comenzar a ver el bosque.

O. Ocampo, agradeciendo las adulaciones, ayer en la inauguración del museo.

La Casa de la Cultura de Celaya se llama “Francisco Eduardo Tresguerras”. ¿Lo sabías, lo recordabas? Nadie lo sabe ni lo recuerda. Hoy estudian ahí unos dos mil niños y adultos cada año diversos cursos, se presentan cientos de artistas, y ninguno lo tiene en mente nunca. Eso pasará con el museo de arte, nadie recordará en 50 años que se llama Octavio Ocampo.

Pero en 50 años este recinto habrá evolucionado, como toda la infraestructura cultural del municipio lo ha hecho –en la medida que se quiera, pero ha crecido-, y miles de artistas celayenses habrán tenido en él un foro formal iniciático verdadero (no las galerías expuestas de un ex convento), millones de celayenses y extranjeros habrán tenido la oportunidad de apreciar el arte local y el de muchos otros sitios, es decir, las y los celayenses del 2068 estarán frente a un baluarte cultural, un referente de identidad que hoy da sus primeros pasos. No podemos exigir que lo sea desde el primer día, pedirlo es ocioso y defender esa necedad es mal intencionado.

Ese futuro en fundación es lo que realmente cuenta, lo único que verdaderamente importa. Todo lo demás es alaraca que irá al basurero de la historia, salida de boca de curadores de medio pelo, defensores culturales que asisten para dormirse a los consejos de los que forman parte, o cuanto pavo se le ocurra, ofendidas y ofendidos porque no le reconocen las medallitas en el uniforme.

Estuvieron las y los que tuvieron que estar: toda ella gente aburrida y de traje. Y no estuvieron quienes no tuvieron qué estar: toda ella gente que puede aprovechar la oferta del mes de abril gratis la entrada.

Por: Padre Kino

El Padre Kino es un autor hecho con las mejores uvas de la viña del señor. Columnista exclusivo de #elcelayense, hasta el momento ninguna institución le ha determinado esquizo. Cualquier sugerencia o queja sobre esta galana pluma favor de escribirla en los comentarios para transcribirla en nuestra máquina de escribir invisible.

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