Celaya, de la negación al New York Times

De una forma sin precedentes, en menos de una semana, el gobierno ha pasado de no saber sobre extorsiones a anunciar estrategias integrales. Parece que las diferencias políticas entre lo local y el gobierno del estado han comenzado a pasar la factura, luego de trienios teniendo una relación llevadera, siendo Celaya la capillita del panismo y León su catedral. El agua ha subido de nivel.

Nunca habíamos visto un gobernador tan ausente en Celaya, ni que sostuviera un intercambio de dimes y diretes con un diputado de minoría (Ernesto Prieto). Miguel Márquez se debe estar llevando la palma de la mano a la cara mientras desde la lejanía ve los nubarrones acercarse. Quizá en lo único que coinciden es en callarse ante lo realmente importante, la gente muriéndose en sus pequeños negocios o yéndose de la ciudad, aunque la prensa internacional eche sus luces al tema.

Los dos mandatarios le han legado la responsabilidad de hablar del asunto a quienes lo hacen poco o mal, los titulares de Seguridad y de la Fiscalía.

Diego Sinhué, en el tema de Celaya.

La Secretaría de Seguridad Ciudadana, sucursal de los arriba mencionados y que por ende no mueve un dedo o la boca sin reportar a la central, ha tenido qué sentarse en la mesa hace días a anunciar propuestas ajenas, salidas en realidad de una reunión semanas atrás por personas relacionadas con el empresariado y preocupadas por el ya entonces álgido tema de las extorsiones. Lo de las denuncias anónimas, lo de la unidad especial… Saludando con sombrero ajeno pues.

En perspectiva, un botón: ayer la Policía recibió un reporte de robo a comercio cerca de las seis de la mañana, a menos de 500 metros de la Comandancia sur. Nunca llegaron. Hace seis años, en el trienio de Rubí, una situación similar le costó el trabajo y la libertad a un director. ¿Y hoy?

Cosas de las que algunos prefieren, como Diego, no hablar.

Como el cronista de la ciudad, con columna fija en medios, con un trabajo por Ley vitalicio que pensaríamos no tendría porqué temer perder, pero prefiere andar erigiendo estatuas que consignar en tinta la tragedia inusitada de su ciudad, que es su trabajo.

El cronista, captado en clara amistad con el titular de Cultura, hablando de la prueba del espejo.

A don Fernando le ocupan más las mortandades de hace cien años que las de hoy, y ya no hablemos de muertos o extorsiones, sino del rubro en el que se le considera autoridad, la cultura. No ha dicho una palabra sobre el tema que en días pasados puso en situación vergonzosa, como nunca, al Instituto de Cultura, donde hace décadas laboró y cuyo trabajo está, sí o sí, íntimamente relacionado con el suyo. Más que nadie debería saber cómo cobra la historia estos silencios.

La joya de la corona

Con pase de viajero frecuente llega a esta Parroquia, una vez más, Dagoberto Serrano.

Denunciado ante Contraloría y ante Derechos Humanos, forzado por votación unánime a recibir un curso del mismo tema, ha convertido su oficina en la casa del jabonero, donde el que no cae resbala.

Ante la denuncia mencionada por discriminación, lenguaje sexista, palabras ofensivas y otras linduras, el titular de cultura ha mandado pedir a todos sus coordinadores la redacción de una serie de cartas firmadas por todos los trabajadores.

Las cartas deben decir, expresamente, que dan fe respecto a su comportamiento respetuoso, amable, y un lenguaje apropiado en todo momento. Exactamente lo contrario a todo de lo que se le acusa. Qué casualidad.

¿Con qué finalidad pide esto? No se sabe. Pero ya me imagino las consecuencias de no firmar, seguro les aplican la del “no es despido por cacería de brujas, es un reacomodo de área”.

De funcionarios como estos nunca se espera nada y aun así logran decepcionarnos.

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